The Spanish translation of this article can be found below. La traducción al español de este artículo se puede encontrar a continuación.

First-generation women of color are faced with pursuing and upholding representation in systems that are not made for us.

Though Georgetown has taught me how to achieve representation for women of color and first-generation students, I have also been pressured to constantly assert my place and forge nonexistent paths as a first-generation student.

My family is a typical proud Mexican migrant family — neither of my parents attended college. My dad worked long hours as a mechanical assembler, so I rarely saw him. Though she didn’t speak English, my mother was always willing to help me with school work. My parents, in coming to this country and successfully raising my siblings and me, taught me that with hard work anything is possible.

As a result of my humble upbringing and financial background, I signed my Georgetown acceptance letter without stepping foot in Washington, D.C. As college visits were not within my family’s budget, I settled for staring at a picture of Healy Hall before committing to the university.

Despite the uncertainty involved with attending Georgetown and its distance from home, I wanted to honor my family’s sacrifices and pursue a quality education.

For first-generation students, being the first in a family to attend college incurs a responsibility to be the representation we did not have growing up. I wanted to be that representation for women of color, but learning how to navigate Georgetown proved to be far more challenging than I had anticipated.

I was navigating unfamiliar terrain with nobody to guide me, afraid to ask for help. As a student in the McDonough School of Business, I often felt that my identity clashed with my those of my peers because of our vastly different backgrounds. I came from South Tucson, Ariz., an underserved border community, where I had attended public school on free and reduced lunch. My peers, on the other hand, could afford to attend competitive boarding schools.

In my first accounting class, students shared that they practiced investing in the stock market with money their parents gave them. In that moment, I felt a disconnect — I didn’t come from an economically and educationally privileged background. Looking around the classroom, I realized I was one of a few women and the only Latina.

For my first few semesters at Georgetown, I felt that my identity as a first-generation woman of color had deprived me of basic knowledge that everyone else had access to. I didn’t know how to network in professional settings or read a company’s financial statement because I came from a community with less resources and had a Mexican accent.

I began to fixate on all the things I didn’t know, losing my confidence. It became hard to ask questions and speak in class, so I felt I was falling behind. There were no women of color with a background similar to mine that I could confide in. I began to doubt my capabilities and accomplishments.

Early in my sophomore year, I opened the CMEA weekly email and read about a workshop addressing imposter syndrome for minority students. I was relieved to put a name to what I was feeling, surprised to learn that it is a common issue among women of color and first-generation students.

Talking to my GSP and CSP peers, I discovered that people deal with this issue in various ways. I chose to involve myself in programs that would allow me to connect with other women of color in business and help me tie my story to my career goals. For example, with Spanish as my native language, I was a more competitive candidate when landing my first internship as a Fabretto Fellow in Nicaragua.

Therefore, I continued to seek opportunities that I could bring my whole self into. Slowly, through experiences where I could share my story with others, I regained the confidence to overcome many insecurities. I became empowered by dialogue as I tried to establish my place as a woman of color in an environment that lacked diverse representation.

Despite my initial struggles, I feel privileged to be a first-generation woman of color at Georgetown. Though the responsibility can be a burden, it has also provided me with an opportunity to serve as a guide for young women of color like myself.

Georgetown taught me that I need to unapologetically share my story, because only then can I truly achieve representation for my community.

Mireya Iglesias-Ayala is a Senior in the McDonough School of Business. WOC Wisdom appears online every other Thursday.

 

Forjando la representación de minorías

Las mujeres de color de primera generación se enfrentan a la búsqueda y defensa de la representación de minorías en sistemas que no están hechos para nosotras.

Aunque Georgetown me ha enseñado cómo lograr representación para mujeres de color y para estudiantes de primera generación, también me ha presionado para afirmar constantemente mi lugar y forjar caminos inexistentes como estudiante de primera generación.

Mi familia es una típica orgullosa familia mexicana – ninguno de mis padres asistió a la universidad. Mi padre trabajaba largas horas como ensamblador mecánico, por lo que rara vez lo veía. Aunque ella no hablaba inglés, mi madre siempre estaba dispuesta a ayudarme con mi trabajo escolar. Mis padres, al venir a este país y criar exitosamente a mi hermano y a mí, me enseñaron que con esfuerzo todo es posible.

Como resultado de mi humilde crianza y entorno económico desfavorecido, firmé mi carta de aceptación de Georgetown sin haber antes ido a Washington, DC. Como las visitas a universidades no estaban dentro del presupuesto de mi familia, me conformé con mirar una foto de Healy Hall antes de comprometerme con la universidad.

A pesar de la incertidumbre relacionada con asistir a Georgetown y lo lejano que quedaba de mi hogar, yo quería honrar los sacrificios de mi familia y buscar una educación de calidad.

Para los estudiantes de primera generación, ser el primero en una familia en asistir a la universidad incurre la responsabilidad de ser la representación minoritaria que no teníamos al crecer. Quería ser esa representación para las mujeres latinas, pero aprender a navegar la vida en Georgetown demostró ser mucho más desafiante de lo que había previsto.

Estaba navegando un terreno desconocido sin nadie que me guiara, temiendo pedir ayuda. Como estudiante en la escuela de negocios de McDonough, a menudo sentía que mi identidad chocaba con la de mis compañeros debido a nuestros diferentes orígenes. Yo venía del sur de Tucson, Arizona, una comunidad fronteriza desatendida, donde había asistido a escuelas públicas con el programa de almuerzo gratuito y reducido. Mis compañeros, por otro lado, podían permitirse el lujo de asistir a escuelas competitivas de internado.

En mi primera clase de contabilidad, los estudiantes compartieron que invertían en la bolsa de valores con dinero que sus padres les daban. En ese momento, sentí una desconexión; yo no provenía de un entorno económico y educativo privilegiado. Mirando alrededor del aula, me di cuenta de que era una de las pocas mujeres y la única latina.

Durante mis primeros semestres en Georgetown, sentí que mi identidad como mujer latina de primera generación me había privado de algún conocimiento básico que todos los demás tenían. No sabía cómo establecer contactos en entornos profesionales o leer el estado financiero de una empresa porque procedía de una comunidad con menos recursos y tenía un acento mexicano.

Comencé a fijarme en todo lo que no sabía, y perdí mi confianza. Se me hacía difícil hacer preguntas y hablar en clase, así que sentí que me estaba quedando atrás. No había mujeres de color con orígenes similares al mío en las que pudiera confiar. Comencé a dudar de mis capacidades y logros.

A principios de mi segundo año, abrí el correo electrónico semanal de CMEA y leí sobre un taller que trataba con el síndrome del impostor entre estudiantes minoritarios. Sentí un alivio al ponerle nombre a lo que estaba sintiendo, y me sorprendió saber que es un problema común entre las mujeres de color y los estudiantes de primera generación.

Al hablar con mis compañeros de GSP y CSP, descubrí que las personas tratan este problema de varias maneras. Yo elegí involucrarme en programas que me permitieran conectarme con otras mujeres de color en los negocios y ayudarme a vincular mi historia con mis ambiciones profesionales. Por ejemplo, con el español como mi idioma nativo, fui una candidata más competitiva al obtener mi primera pasantía como becaria Fabretto en Nicaragua.

Por lo tanto, continué buscando oportunidades en las que pudiera aportar todo mi ser. Poco a poco, a través de experiencias donde pude compartir mi historia con otros, recuperé la confianza para superar muchas inseguridades. Me empoderé con el diálogo al tratar de establecer mi lugar como mujer de color en un entorno que carecía de una representación diversa.

A pesar de mis dificultades iniciales, me siento privilegiada de ser una mujer de color y de primera generación en Georgetown. Aunque la responsabilidad puede ser una carga, también me ha brindado la oportunidad de servir como una guía para mujeres jóvenes de color como yo.

Georgetown me enseñó que debo compartir mi historia sin remordimientos, porque solo así podré realmente lograr la representación de mi comunidad.

Mireya Iglesias-Ayala es una estudiante de último año en la Escuela de Negocios de McDonough.

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